Soberanía o coladera: El vecino incómodo, drones prestados y el portazo en la nariz

La Jabalinada por Bruno Cortés

Entre el «pásale a tu casa» y el «se metieron hasta la cocina», la autonomía de México juega a las escondidas con el Tío Sam.

Dicen que «entre parientes y el sol, cuanto más lejos mejor», pero cuando compartes tres mil kilómetros de cicatriz con la potencia militar más grande del mundo, ese dicho es pura fantasía. La relación de seguridad entre México y Estados Unidos cerró el 2025 pareciéndose más a un matrimonio disfuncional que a una alianza estratégica: mientras por la puerta grande les firmamos permisos para que sus drones espíen a los malos en el Estado de México, por la ventana del patio trasero sus soldados se saltan las trancas sin pedir permiso, dejando la soberanía nacional como un concepto que se estira y afloja según el humor del día en Washington.

Cuando el vecino se pasa de rosca

Para entender este sainete, hay que mirar los hechos con lupa y un poco de cinismo. El cierre de año nos regaló dos joyas de la diplomacia del «perdón, no te vi». En noviembre de 2025, la organización Conibio Global, que andaba cuidando pajaritos y humedales, se topó con algo mucho menos natural: personal, presuntamente del Departamento de Defensa gringo, cruzando el Río Bravo en lancha como Pedro por su casa.

La escena tiene su dosis de humor negro: soldados extranjeros desembarcando en la ribera mexicana no para invadir, sino para clavar letreros de «Área Restringida». Imagínate, primo, que tu vecino se brinca a tu jardín para poner un letrero que dice «Prohibido pisar el pasto». Así de absurdo, así de real. Fue un «madruguete» operativo que dejó a las autoridades mexicanas con cara de ¿y a estos quién los invitó?, evidenciando que para el Pentágono, la frontera a veces es solo una sugerencia pintada en un mapa.

Y como una no es ninguna, en diciembre la Patrulla Fronteriza aplicó la de «se me chispoteó». Un avión militar cargado de deportados surcó el cielo mexicano. Cuando se les cuestionó el permiso de vuelo, la Secretaría de Gobernación fue tajante: aquí nadie pidió nada. Fue una incursión aérea que, aunque no tiró bombas, sí tiró por la borda los protocolos. Washington guardó silencio, aplicando la vieja confiable de que es mejor pedir perdón (o ni eso) que pedir permiso.

Cooperación a la carta: Ojos que no ven, dron que sí

Pero no todo es pleito de callejón. Hay una zona gris donde la soberanía se negocia con pragmatismo chilango: «flojito y cooperando». El mejor ejemplo ocurrió en agosto de 2025, cuando un dron de la CBP (Aduanas y Protección Fronteriza) se paseó por los cielos de Tejupilco y el sur del Estado de México.

La diferencia es que esta visita sí tenía invitación. El gobierno mexicano, reconociendo que a veces nos faltan ojos (o tecnología) para ubicar a los malandros en la sierra, le pidió al vecino que nos prestara sus juguetes. Es esa «interdependencia controlada» donde aceptamos que nos espíen un poquito, siempre y cuando nosotros tengamos el control remoto —o al menos, creamos tenerlo—. Es la modernización del «hoy por ti, mañana por mí», aunque casi siempre el favor lo terminamos pagando con datos e inteligencia.

El difícil arte de tragar camote sin hacer gestos

El escenario político es un campo minado donde la presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que hacer malabares. Con el gobierno de Trump desempolvando en febrero de 2025 la etiqueta de «terroristas» para los cárteles mexicanos —una palabra que en el diccionario gringo suele ser sinónimo de «vamos a enviar tropas»—, la defensa de la soberanía se ha vuelto un discurso de trinchera.

México dice «no» a las botas militares en el suelo y rechaza operativos conjuntos con la CIA para reventar laboratorios de fentanilo, pero al mismo tiempo, tiene que sonreír para la foto y aceptar la «colaboración técnica». La autonomía de México hoy no se defiende a cañonazos, sino resistiendo la presión de un gigante que, cuando se pone nervioso, tiene la mala costumbre de estirar las piernas en la sala ajena. Al final del día, la soberanía nacional sigue intacta en el papel, pero en la práctica, se defiende todos los días a base de codazos diplomáticos y de tragar sapos sin hacer gestos.

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