Doña Corrupción y sus compadres o se vende nacionalidad, se aceptan transferencias
Por Bruno Cortés
México amaneció otra vez en terapia intensiva, pero esta vez el paciente no llegó baleado, sino foliado. Entró por urgencias con un acta de nacimiento bajo el brazo, una CURP recién planchada, dos testigos invisibles y un sello oficial que todavía olía a tinta fresca. El médico de guardia revisó el expediente y encontró el diagnóstico nacional de siempre: no era un infarto del sistema, era una compadrorragia institucional.
La categoría es precisa y venenosa: compadrazgo organizado. No estamos hablando del crimen que quema camiones, exhibe rifles o manda mensajes con pésima ortografía. Ese es el crimen que sale en televisión porque tiene vocación escénica. El otro, el fino, el perfumado, el que pide factura y estacionamiento con valet, opera desde oficinas, notarías sentimentales, restaurantes caros y ventanillas donde la ley se convierte en sugerencia.
La delincuencia común asusta porque hace ruido. El compadrazgo organizado aterra porque hace silencio.
En el contexto compartido aparece un caso especialmente revelador: actas de nacimiento apócrifas usadas para construir identidades. La Fiscalía de Oaxaca informó en febrero de 2026 la detención de dos personas por falsificación y alteración de documentos, ligadas presuntamente a la venta de actas de nacimiento apócrifas a personas migrantes; una persona detenida trabajaba entonces en el Registro Civil y otra era extrabajadora de la misma institución. Todo, subrayemos, bajo investigación y sin sentencia en esta columna de urgencias.
El dato no es menor: cuando una identidad puede comprarse, el país no pierde un papel; pierde el espejo. Porque el acta de nacimiento no es un trámite: es la primera carta de presentación ante la patria. Es el “usted existe” emitido por el Estado. Si ese documento entra al mercado negro, entonces la nación queda como tiendita de esquina: se vende nacionalidad, se aceptan transferencias, no hay devoluciones.
La Cámara de Diputados también registró el tema en la Gaceta Parlamentaria, con un punto de acuerdo para exhortar a Relaciones Exteriores, Gobernación y la Agencia de Transformación Digital a fortalecer mecanismos de verificación y control para prevenir el uso de actas apócrifas en trámites de identidad y pasaportes, a partir de casos detectados en Filipinas y en estados de la frontera sur. Dicho en castellano sin incienso legislativo: alguien tuvo que recordarles a las instituciones que los papeles oficiales no deberían circular como boletos de rifa.
Aquí conviene corregir con bisturí: el absurdo no está en “Filipinas” como país, sino en que una alerta internacional termine alumbrando el sótano de nuestras ventanillas. La vergüenza mexicana ya no necesita cruzar el Río Bravo; puede tomar avión, llegar a Asia y regresar con observaciones consulares.
Guadalupe Loaeza ya había convertido a la corrupción en personaje: “Doña Corrupción”, esa señora antigua, comodina, metiche, con perfume de archivo muerto y pulsera de bautizo. En su columna de 2019 la presenta como una presencia instalada desde los orígenes del país, y en otros textos ha recogido esa idea tristísima de que los mexicanos llevamos la corrupción en el ADN. Pero ahí está la trampa: si decimos que la corrupción es genética, le regalamos coartada de nacimiento. Si viene en la sangre, nadie responde. Si viene en el sistema, alguien firmó, alguien cobró, alguien miró hacia otro lado.
El compadrazgo organizado necesita precisamente esa resignación: que todos digamos “así somos”, mientras alguien hace negocio con el acta, el contrato, la licencia, la plaza, la concesión o el expediente que casualmente se perdió en una oficina donde nunca se pierde el recibo de la nómina.
La corrupción elegante no entra con pasamontañas. Entra con saludo de beso, tarjeta de presentación, apellido compuesto y una frase letal: “Yo te lo arreglo”. Esa frase debería estar en el escudo nacional de la impunidad. No porque todos la digan, sino porque demasiadas puertas se abren cuando alguien la pronuncia con voz de confianza.
El problema no es solamente moral. Es estructural. Un país donde la legalidad depende del conocido se vuelve una sala VIP de la injusticia. Quien tiene compadre adelanta turno; quien no, espera afuera con folder amarillo. Quien conoce al director obtiene solución; quien solo conoce sus derechos obtiene un folio. La ley se vuelve elevador privado: sube el que trae llave.
Y mientras tanto, la conversación pública se entretiene con el delincuente espectacular, el que ofrece imágenes para el noticiero. Claro que ese crimen importa y mata. Pero el otro crimen, el de escritorio, lo alimenta, lo facilita o lo disfraza. No siempre con balas: a veces con sellos. No siempre con amenazas: a veces con favores. No siempre con violencia visible: a veces con una sonrisa burocrática.
La pregunta urgente no es si México tiene corrupción en el ADN. La pregunta es quién administra el laboratorio, quién vende los resultados y quién certifica que todo salió conforme a la norma.
Porque en este país, cuando el crimen se pone corbata, ya no le decimos crimen: le decimos contacto.
Y ahí está el verdadero parte médico: México no se está muriendo solo por los que rompen la ley desde fuera, sino por los que la doblan desde dentro, la perfuman, la sellan y luego la invitan a comer. Al final, no siempre se falsifica la patria con una pistola; a veces basta un compadre, una ventanilla y una firma que diga: “nació aquí”, aunque lo único que haya nacido sea otro negocio.
