Carlos Lara Moreno
Las palabras importan en política. Pero cuando vienen del presidente de Estados Unidos, pesan todavía más. Donald Trump lo volvió a hacer: colocar a México en el centro del debate político estadounidense al afirmar que nuestro país es el “epicentro de la violencia de los cárteles”.
No es una frase improvisada. Tampoco es un arrebato retórico.
Es una narrativa política cuidadosamente construida.
Trump entiende que el narcotráfico, el fentanilo y la violencia asociada a los cárteles se han convertido en una de las mayores preocupaciones de la sociedad estadounidense. Y en esa narrativa, México aparece como el origen del problema. La ecuación que propone es simple, aunque profundamente incompleta: los cárteles están en México, la droga viene de México, la violencia nace en México.
Pero la política internacional rara vez se mueve por ecuaciones simples.
La respuesta del Gobierno mexicano llegó este lunes en la conferencia presidencial. Claudia Sheinbaum optó por lo que llamó “cabeza fría”. Evitó la confrontación directa, reiteró que México no aceptará intervenciones extranjeras y recordó algo que Washington suele omitir: gran parte de las armas que utilizan los cárteles cruzan la frontera desde Estados Unidos.
El argumento es cierto. Pero también es insuficiente.
Porque el problema no es solamente lo que dijo Trump. El problema es lo que esas palabras revelan: la percepción creciente dentro de Estados Unidos de que México no tiene control pleno sobre la violencia del crimen organizado.
Y esa percepción, justa o no, es políticamente explosiva.
Trump no habla solo como presidente. Habla también como estratega político. Su discurso no busca convencer a México; busca convencer a los votantes estadounidenses de que el enemigo está al sur de la frontera y de que él está dispuesto a enfrentarlo.
El riesgo para México es que esa narrativa gane terreno en Washington.
Cuando Estados Unidos decide que un problema externo amenaza su seguridad nacional, la presión política, económica y diplomática aumenta inevitablemente. La historia está llena de ejemplos.
Por eso la respuesta mexicana no puede limitarse a la prudencia diplomática.
La soberanía no se defiende únicamente con discursos; se defiende con resultados.
México enfrenta una realidad incómoda: el poder territorial de los cárteles sigue creciendo en muchas regiones del país. No se trata solo de narcotráfico. Hoy controlan rutas migratorias, extorsionan comercios, dominan economías ilegales y, en algunos lugares, sustituyen al Estado.
Mientras esa realidad exista, las declaraciones de Trump encontrarán terreno fértil en la política estadounidense.
Pero tampoco puede aceptarse la narrativa simplista que pretende reducir el problema a México.
El narcotráfico es un negocio binacional. Sin el gigantesco mercado de consumo en Estados Unidos, el negocio de las drogas no tendría la escala que hoy tiene. Sin el flujo constante de armas provenientes del norte, los cárteles no tendrían el poder de fuego que hoy exhiben. Sin el sistema financiero internacional que permite lavar miles de millones de dólares, el negocio criminal no podría sostenerse.
El problema, en otras palabras, no termina en la frontera. Empieza en ambos lados.
Si Washington quiere combatir realmente el narcotráfico, tendrá que mirar hacia adentro: reducir la demanda de drogas, controlar el tráfico de armas y perseguir el lavado de dinero dentro de su propio sistema financiero.
Y si México quiere cerrar la puerta a cualquier tentación intervencionista, tendrá que hacer algo que ningún gobierno ha logrado plenamente en décadas: recuperar el control territorial frente al crimen organizado.
Eso implica fortalecer policías locales, golpear las finanzas de los cárteles, reconstruir instituciones de justicia y abandonar la ilusión de que el problema puede administrarse políticamente.
Porque el narcotráfico no se administra. Se combate.
La relación entre México y Estados Unidos siempre ha estado marcada por una profunda asimetría de poder. Trump lo sabe. Por eso su discurso no es solo una crítica; es también una advertencia.
El mensaje implícito es claro: si México no controla a los cárteles, Estados Unidos presionará cada vez más para hacerlo.
La verdadera pregunta es si México está dispuesto a demostrar que puede enfrentar ese desafío por sí mismo.
Porque en el fondo, más allá de las declaraciones y de las conferencias matutinas, la discusión no es sobre Trump.
Es sobre el Estado mexicano.
Y sobre su capacidad o incapacidad para gobernar plenamente su propio territorio.
Ahí es donde habitan, desde hace años, los Demonios del Poder.