¿Quiere Trump el dinero del narco?

Los Demonios del Poder

Por: Carlos Lara Moreno

¿Quiere Trump el dinero del narco?

Hay momentos en la historia en los que el poder deja de actuar en silencio y decide mostrarse sin pudor. Eso es lo que hoy enfrenta Claudia Sheinbaum Pardo ante el renovado asedio de Donald Trump, quien ha vuelto a poner a México en la mira como territorio fallido, foco del narcotráfico y amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos. No es una acusación nueva, pero sí una más agresiva, más explícita y, sobre todo, más peligrosa.

Trump no habla de cooperación, habla de captura. No propone coordinación, propone acción directa. La idea de que fuerzas militares estadounidenses puedan ingresar a territorio mexicano para “extraer” a capos del narcotráfico ya no se escucha como una provocación marginal, sino como una posibilidad real en el discurso político del trumpismo. Y cuando ese discurso se normaliza, la diplomacia queda en segundo plano y la soberanía se convierte en estorbo.

El mensaje implícito es brutal: el Estado mexicano no puede o no quiere controlar a los cárteles, por lo tanto Estados Unidos se arroga el derecho de hacerlo. Se trata de una lógica colonial actualizada, donde la seguridad sirve como coartada para intervenir y el combate al crimen organizado funciona como justificación moral. El problema no es solo la amenaza externa, sino el lugar incómodo en el que se coloca al gobierno mexicano: aceptar la presión o resistirla pagando costos políticos, económicos y estratégicos.

Sheinbaum llega al poder en un contexto envenenado. Hereda una relación bilateral marcada por la desconfianza, una política de seguridad cuestionada y un país atravesado por violencias múltiples. Frente a Trump no basta el discurso firme ni el nacionalismo retórico. Cada palabra, cada gesto, cada omisión puede ser utilizada para reforzar la narrativa de un México desbordado, incapaz de gobernarse a sí mismo.

Pero detrás del argumento de “capturar capos” hay otro demonio que rara vez se menciona: el económico. El narcotráfico no es solo un problema criminal, es un negocio transnacional multimillonario. Controlar rutas, desarticular organizaciones o fragmentarlas no elimina el mercado; lo redistribuye. La historia reciente demuestra que cada gran “golpe” suele abrir espacio a nuevos actores, nuevas violencias y nuevas alianzas oscuras. La pregunta incómoda es si el objetivo real es erradicar el negocio o reordenarlo.

La militarización, además, nunca llega sola. Trae consigo inteligencia, control territorial, influencia política y dependencia estratégica. En nombre de la seguridad, se justifican injerencias que luego son difíciles de revertir. Y México ya sabe lo que significa permitir que otros definan sus prioridades internas. La frontera entre cooperación y subordinación es delgada, y Trump no es conocido por respetarla.

El acorralamiento no es solo externo. Internamente, cualquier concesión puede leerse como debilidad; cualquier resistencia, como irresponsabilidad. Sheinbaum deberá caminar sobre esa línea con precisión quirúrgica. Defender la soberanía sin negar la gravedad del problema del narcotráfico. Exigir respeto sin cerrar canales de diálogo. Evitar que México vuelva a ser el villano conveniente en la campaña de un político que necesita enemigos claros para ganar votos.

Los Demonios del Poder siempre aparecen cuando la fuerza se cree suficiente para imponer su verdad. Hoy rondan la relación México–Estados Unidos con renovada intensidad. La pregunta no es si vendrán tiempos difíciles, sino si el gobierno mexicano tendrá la capacidad política y moral de impedir que, bajo el pretexto de la seguridad, se reescriba la historia de la intervención. Porque cuando el poder deja de pedir permiso, lo primero que cae no es el crimen, sino la soberanía.

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