Mauricio Mejía
Nada comienza; todo es una suma de circunstancias, de enredos.
Cuando la selección de Uruguay llegó a los Juegos Olímpicos de París 1924, la prensa local no dio crédito a lo que vio. Con libreta en la mano, los cronistas franceses -pero también belgas, británicos y españoles- apuntaron que desembarcó un equipo llegado de muy lejos, desde la Cruz del Sur, en donde el Atlántico se confunde -dijeron- con la Patagonia. O más abajo, todavía. Las primeras planas de los diarios parisinos dejaron constancia de dos asombros. Uno, cómo era posible que la pelota hubiera sido domesticada por una cultura de tan remota, que apenas conocían por ciertas narraciones marinas y por apuntes de empresarios ingleses dedicados a la minería y la industria ferroviaria; las crónicas de la evangelización cristiana no eran, precisamente, de dominio público. Y dos: ¿era posible que esa oncena supiera, en verdad, cómo utilizar el balón para hacer frente a naciones con cierta experiencia en el futbol?
Europa había reglamentado el juego más democrático desde la segunda mitad del siglo XIX. Lo había separado de su condición de amateur burgués y universitario para compartirlo entre las clases obreras en casi todas las ciudades industriales de su turbulento mapa, rediseñado después de la Gran Guerra que había hecho añicos a los imperios. La vieja señora, dada a ver la historia desde su entorno, no tenía idea de lo que sucedía en el Río de la Plata, donde el balompié se había convertido (gracias al comercio británico) en una auténtica religión laica.
El cuadro celeste, que representaba a un país cuya población podría llenar con esfuerzos uno de los populosos barrios parisinos, tenía razones para ufanarse de su estancia en la cita olímpica. Ninguno de los rivales que enfrentaría en las Magnas Justas era mucho más competitivo que sus vecinos geográficos en el sur. Argentina, Brasil y Paraguay no eran novatos en el ejercicio del esquema y podían enfrentar sin agachar la mirada a cualquiera de las naciones de abolengo inscritas en el torneo. Aún así, cuando los vieron entrenarse por primera la vez, los reporteros de la fuente calificaron a los uruguayos como “Indios Trotadores”.
Sin chistar, y sin arrogancias, los Indios aplastaron en su presentación a Yugoslavia por 7 a cero. Ganaron la medalla de oro, con 20 goles a favor (cinco contra Francia) y dos en contra. Aquel once también estrenó el álbum de cromos de las “grandes figuras” de la historia del futbol: José Leandro “Negro” Andrade, Pedro Cea, José Nazzazi y Héctor Scarone (entre otros) se convirtieron en los primeros inmortales de un deporte destinado a ser el gran acontecimiento cultural del siglo XX. Eduardo Galeano diría décadas después que en ese 24 se juntaron por primera vez dos formas de escribir y jugar al futbol: la prosa europea y el verso latinoamericano. Fue el primer tango en París.
Hace un siglo, entre París 24 y Amsterdam 28, el futbol comenzó ganar importancia dentro y fuera del programa olímpico. América del Sur ya tenía su propio torneo de naciones, la Copa América, y Europa diseñaba duelos internacionales de “cercanías” (los países británicos, por ejemplo) con mayor frecuencia.
Aunque por coincidencia París fue sede del primer mundial, propiamente hablando, el torneo de la capital holandesa fue reconocido como tal porque la lista de países acreditados ya representaba más fielmente el planisferio de la pelota. Debutaron, entre otros cuadros, Argentina y México. Yugoslavia (los Balcanes -Croacia, Serbia, Montenegro, Macedonia y Bosnia- constituían una región con tradición propia para el adiestramiento del balón) representó al Este europeo; Bélgica, España, Italia, Francia y Alemania al Oeste; Turquía, al Oriente Medio, y Egipto, al Norte de África. Reino Unido -acreditado como un comité nacional único para Inglaterra, Escocia, Irlanda del Norte y País de Gales ante el COI- mantuvo su postura de no competir porque no encontraba claras las reglas que separaban al profesionalismo del juego puramente amateur.
En aquel “primer mundial”, los mexicanos comenzaron una larga recha de derrotas en los grandes certámenes. Fernando Marcos, en su biografía Mi amante el futbol, narra lo complicado que fue para Federación Mexicana de Futbol acreditar y mantener los gastos del viaje de la primera selección nacional en el gran campeonato. Después de la estrepitosa derrota ante España (7-1), los jugadores tuvieron que encontrar recursos por sus propios medios (imaginación y astucia) para regresar a casa y contar el fracaso en tierras holandesas. Los españoles, en cambio, presentaron la primera de sus grandes versiones sobre la alfombra esmeralda. Bajo la dictadura de Primo de Rivera, la Roja envió a otros futuros miembros de la Enciclopedia como Zamora, Quincoces, Regeiro y Yermo.
En la lucha entre novela y verso, la poética siempre llevará un extremo de ventaja. El futbol de entonces era rioplatense. Argentina, que leía con pasión a Roberto Arlt y a Macedonio Fernández, aportó sus estampas a la literatura del balón con astros como Juan Evaristo, Raimundo Orsi y Luis Monti, quien ganaría en 1934 la Copa del Mundo con la camiseta de Italia.
En la final, los Indios se enfrentaron a sus grandes rivales de barriada. Después de un intenso intercambio de patadas, Uruguay se hizo del bicampeonato con un gol de fantasía de Scarone en el minuto 73, ante casi 30 mil aficionados en el Olímpico de Amsterdam. Italia, que alineó al primero de una larga lista de grandes arqueros, Gianpiero Combi, ganó la medalla de bronce al aplastar 11-3 a Egipto.
Jules Rimet había nacido en Theuley, Francia, en 1873, diez años después de la reglamentación británica del futbol soccer.
Como Pierre de Coubertin, el fundador del olimpismo moderno, fue educado con la gran reforma pedagógica francesa. Según sus biógrafos, nunca jugó al balompié, a pesar de que ya era un deporte muy practicado en las universidades parisinas. Rimet eligió la carrera de leyes para cumplir con la rígida tradición familiar. Coubertin decidió alejarse de la presión paterna por la vocación militar y se alistó en la carrera de pedagogía. En 1910, Rimet, que había servido como árbitro en partido amistosos de futbol formó parte del buró que creó la Federación Francesa de Futbol, a la que dirigió desde 1919, cuando París fue sede las Conferencias del Paz que intentaron dar un nuevo orden al mapa europeo tras la Primera Guerra Mundial. Entendió, como Coubertin tres décadas antes, que el deporte sería la diplomacia por otros medios.
En 1921, el abogado y entusiasta réferi, se convirtió en presidente de la FIFA, organismo que había sido fundado en 1904 para la organización de competencias internacionales y la promoción del balompié en todo en los cinco continentes. Ya en 1926 pasó por su cabeza la idea de crear un torneo al que asistieran naciones de todo el planeta sin las restricciones amateurs que imponía el COI a los competidores de los programas Olímpicos.
Hoy que el Mundial regresa a Estados Unidos, el preciso recordar un hecho trascendental que aceleró la creación de las Copas del Mundo de futbol. Cuando el Comité Olímpico Internacional entregó la sede de los Juegos de 1932 a Los Ángeles, el futbol no formó parte de la agenda angelina. Entre otras razones porque este deporte no era muy popular en la cultura estadunidense, dominada por juegos locales como el beisbol y la versión local del football, al que el resto del mundo llamaba futbol americano; más cercano al rugby que al balompié. En Estados Unidos los deportes de pelota solían ser practicados por las manos, como el basquetbol, el volibol o el alemán handball. El futbol -que amonestaba el uso de las palmas- era, pues, una anomalía.
En mayo de 1928, la sesión del Congreso de la FIFA votó en favor (25 por el sí, contra cinco del no) de la organización de un nuevo torneo de futbol sin vigilancia del COI. Un año después, en Barcelona, Uruguay -que celebraría el centenario de su independencia del Reino de España en 1930- fue ratificado por país sede del primer Mundial. Solamente cuatro países europeos hicieron el viaje (todo pagado por los organizadores) a la Cruz del Sur, desde donde llegaron los Indios Trotadores a París en 1924.
En ese momento tomó forma el gran teatro de los sueños: la política, el pensamiento, las artes, la diplomacia, la economía, las humanidades y el espectáculo sufrirían un cambio radical: ningún acontecimiento convocaría tanta atención en tantos lugares como el futbol, enredo, suma y exploración de todos los campos del entendimiento de una especie que se regodearía, se festejaría y se alegraría cada cuatro años con el rodar de un artefacto sencillo y platónico: el balón.
Y en el principio fue la pelota.
Siempre nos quedará París, dijo un guion de una película que nunca se filmó. Una voz perdida en la maleza de las letras aseguró: si no existiera el futbol, ya lo habríamos inventado.