Siempre nos quedará París
Cuando la selección de Uruguay llegó a los Juegos Olímpicos de París 1924, la prensa local no dio crédito a lo que vio. Con libreta en la mano, los cronistas franceses -pero también belgas, británicos y españoles- apuntaron que desembarcó un equipo llegado de muy lejos, desde la Cruz del Sur, en donde el Atlántico se confunde -dijeron- con la Patagonia. O más abajo, todavía. Las primeras planas de los diarios parisinos dejaron constancia de dos asombros. Uno, cómo era posible que la pelota hubiera sido domesticada por una cultura de tan remota, que apenas conocían por ciertas narraciones marinas y por apuntes de empresarios ingleses dedicados a la minería y la industria ferroviaria; las crónicas de la evangelización cristiana no eran, precisamente, de dominio público. Y dos: ¿era posible que esa oncena supiera, en verdad, cómo utilizar el balón para hacer frente a naciones con cierta experiencia en el futbol?